La posición de Europa en el orden internacional se encuentra en una situación de vulnerabilidad inédita, o al menos con tensiones especialmente marcadas, comparables de alguna manera con la crisis del Euro, hace 10 años. En este caso, la erosión del consenso liberal y el retorno de una brutalización del orden internacional, que prioriza los intereses tangibles sobre el derecho, pueden ser los grandes puntos de dolor que se atraviesan dentro del continente.
Tras décadas bajo el paraguas de seguridad estadounidense, la Unión Europea enfrenta un cambio de paradigma en el que su aliado histórico ya no la percibe como un socio indispensable, sino como una carga o, en términos más severos, como un proyecto a la deriva que requiere ser reconducido. La ESN-25 de Estados Unidos refleja esta visión transaccional, tratando al continente como un aliado sumamente delicado que debe absorber la capacidad productiva de rivales sistémicos (principalmente a través de una defensa propia y una vuelta a “los valores perdidos”, según estos) mientras Washington desplaza definitivamente su centro de gravedad hacia el Indo-Pacífico, en una futura cruda guerra por el control de las rutas marítimas (Márquez de la Rubia, 2025).
Esta percepción de Europa como un hijo perdido que ha olvidado sus valores de competitividad (burocratización excesiva) y soberanía nacional genera tensiones profundas en la arquitectura transatlántica. Mientras la estructura mundial se desliza hacia lo que se ha denominado la brutalización de las relaciones internacionales, surge una pregunta que va a definir el rumbo del continente: ¿tiene la Unión Europea la voluntad política para alcanzar una verdadera autonomía estratégica o está condenada a una deconstrucción progresiva bajo la presión de las grandes potencias?.
El desafío no es solo una cuestión de presupuestos en defensa o diversificación energética, sino una prueba de resiliencia institucional en un entorno donde el crecimiento sostenible y estratégico dicta las futuras alianzas. ¿Puede Europa permitirse seguir siendo el objeto de la política de otros, o es el momento de que asuma el papel de sujeto soberano en un mundo fragmentado?.
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El sino Europeo ante la Brutalización del Orden internacional
La falta de líneas contundentes en la posición estratégica de la Unión Europea se ha manifestado con especial crudeza al inicio de 2026, coincidiendo con la consolidación de un estado de ánimo global que los analistas definen como la brutalización del orden internacional. Este concepto describe una realidad donde el derecho internacional ha dejado de ser un marco base para el comportamiento de los países, para convertirse en un estorbo para las potencias que buscan imponer su voluntad mediante la fuerza y los intereses internos.
En este escenario, Europa se percibe en un estado de profundo aturdimiento, atrapada entre su herencia de normas multilaterales y una realidad exterior que premia la agresividad y el interés nacional exclusivo por encima de cualquier acuerdo colectivo. Europa necesita liderar, a través de una defensa férrea de los ideales democráticos, el multilateralismo y capacidades reales que le permitan hacer frente a amenazas inminentes desde el lado este, y una agenda americana oscilante, en la que no está claro si el paraguas americano estará disponible (Borrell & Morillas, 2025).
La nueva estrategia de seguridad estadounidense, la ESN-25, ha actuado como el catalizador de este cambio de era al formalizar una visión del continente europeo que rompe con tres décadas de compromiso incondicional. Para la actual administración de Washington, Europa es percibida como un aliado que ha perdido el rumbo, una estructura burocrática que ha descuidado su competitividad económica y su capacidad de autodefensa.
Esta visión de hijo perdido implica que Estados Unidos ya no siente la obligación de financiar los costes de la seguridad europea (percepción de abuso de la “bondad” americana), exigiendo a cambio un retorno a lo que consideran la soberanía nacional, tanto en términos de seguridad como el mantenimiento de los ideales culturales que sustentan el modelo europeo, y la autosuficiencia productiva. La política exterior estadounidense se ha vuelto instrumental y defensiva, condicionando su apoyo a que los europeos asuman la responsabilidad principal de su propio vecindario, especialmente frente a la amenaza persistente de Rusia (Márquez de la Rubia, 2025).
Esta transición hacia una especie de realismo geopolítico bajo esferas de influencia ha dejado a los líderes europeos en una posición de extrema vulnerabilidad. La brutalización de la política global significa que las reglas del juego ya no se negocian en espacios multilaterales, sino que son dictadas por aquellos actores capaces de asegurar sus cadenas de suministro y de ejercer una disuasión militar efectiva.
El sentimiento de abandono se ve agravado por la falta de un rumbo conjunto dentro de la propia Unión, donde las divisiones internas, especialmente discursivas y de voluntad política, son aprovechadas por los partidarios de “menos Europa” (Morillas, 2026). En este mundo, la ingenuidad de confiar en la constancia de los apoyos externos se revela como un riesgo existencial que la UE ya no puede permitirse ignorar .
- La erosión del derecho internacional obliga a Europa a buscar fuentes de poder alternativas a la mera legitimidad normativa.
- El concepto de brutalización implica que el orden basado en reglas ha sido sustituido por un sistema de suma cero donde la ganancia de una potencia es la pérdida directa de otra.
- La competitividad económica se ha fusionado con la seguridad nacional, haciendo que la falta de innovación tecnológica sea vista como una vulnerabilidad estratégica (Lupi, 2026).
La primera acometida americana en el tablero geopolítico, sorprendente para muchos, debe dar paso, por tanto, a una planificación a largo plazo que supere la simple reacción ante las crisis y nos prepare para ser más resilientes ante cambios bruscos en la esfera internacional. La democracia europea y su modelo de bienestar se enfrentan a la necesidad de protegerse mediante una reinvención profunda de sus capacidades.
No basta con proteger lo establecido; en un entorno de retroceso democrático mundial y ententes autoritarias, la Unión Europea necesita consolidar su autonomía estratégica para no ser reducida a un actor irrelevante en un mero escenario de competencia entre grandes potencias (Sánchez et al, 2025). La soberanía europea, en sus múltiples dimensiones, se constata como la única vía para preservar el proyecto comunitario frente a la agresividad de un orden mundial que solo respeta a los actores capaces de sostener su propia posición.
La Soberanía europea como Destino: Autonomía Estratégica y Competitividad
La consecución de una verdadera autonomía estratégica para la Unión Europea, el famoso Resilience 2.0., ha dejado de ser una aspiración meramente retórica para convertirse en un proyecto integral de soberanía económica, que converja entre crecimiento económico y mantenimiento de las infraestructuras estratégicas para la supervivencia (seguridad, energía y tecnología).
En el complejo escenario de 2026, la capacidad de la Unión para actuar de forma independiente en el orden internacional depende directamente de su fuerza industrial y de su capacidad de innovación tecnológica. Como advierten los recientes informes de competitividad, Europa se enfrenta a un desafío existencial: o logra cerrar la brecha de productividad con sus competidores globales o quedar reducida a una zona de consumo dependiente de la tecnología y la energía externas (Lupi, 2026).
La soberanía europea se basa hoy en la necesidad de recalibrar el Mercado Único para convertirlo en un motor de seguridad económica. Los informes liderados por Mario Draghi y Enrico Letta, analizados en el marco de las reformas del Marco Financiero Plurianual 2028-2034, subrayan que la competitividad es la nueva frontera de la defensa nacional.
La autonomía estratégica requiere una movilización de recursos sin precedentes, estimada en unos 800.000 millones de euros anuales de inversión adicional, para asegurar que Europa no pierda el tren de la revolución industrial verde y digital (Lupi, 2026). Sin este músculo financiero, las aspiraciones de actuar como un tercer polo geopolítico carecerán de la base material necesaria para sostenerse frente a la agresiva política de subsidios de Estados Unidos y el dominio de las cadenas de valor por parte de China.
Esta visión integral de la autonomía estratégica implica la ejecución de cuatro acciones clave identificadas en los marcos de implementación práctica de la UE: mejorar la capacidad operativa propia, mitigar las vulnerabilidades en los suministros críticos, fomentar una conciencia situacional independiente y cultivar asociaciones estratégicas diversificadas (Rekowski, 2025). La reducción de la dependencia podría ser vista como esa capacidad de elegir con quién cooperar desde una posición de fortaleza. En este sentido, la soberanía tecnológica debe convertirse en el eje vertebrador de la nueva identidad europea, ya que el control sobre los datos, la computación cuántica y los semiconductores es lo que definirá quién posee la autoridad política en la década de 2030 (Beaucillon & Poli, 2023).
- El modelo de resiliencia 2.0 propuesto por la Comisión Europea vincula la estabilidad democrática interna con la capacidad de prosperar en un entorno de turbulencia e incertidumbre (European Commission, 2025).
- La autonomía estratégica exige superar la hiperfragmentación de competencias entre los Estados miembros y las instituciones comunitarias para actuar de forma unificada en el ámbito exterior (Beaucillon, 2023).
- La inversión en defensa y energía debe ser vista como un pilar de la política industrial que garantice la seguridad de los suministros y la estabilidad de los precios a largo plazo.
En síntesis, el éxito de este giro hacia la soberanía europea depende de la capacidad de los Estados miembros para reconciliar sus prioridades nacionales con las ambiciones externas comunes. La resiliencia social es el tercer pilar indispensable en este proceso; una Europa competitiva y autónoma no será posible si la ciudadanía percibe que el proyecto de soberanía beneficia solo a las élites mientras aumenta la polarización y el descontento interno.
El reto de 2026 consiste en dotar a la autonomía estratégica de una dimensión social inclusiva que asegure que la defensa del modelo de vida europeo sea una causa compartida por todos los ciudadanos frente a las tendencias autoritarias que amenazan el corazón del sistema democrático (Sánchez et al., 2025).
El Vecino Existencial y el Frente Oriental
La seguridad de Europa en el orden internacional se encuentra hipotecada por la transformación de la Federación Rusa en una amenaza estructural de carácter existencial. Lo que durante la última década se gestionó como un riesgo geopolítico manejable a través de la diplomacia y las sanciones económicas, ha mutado tras el conflicto en Ucrania en una realidad permanente de potencial confrontación directa que obliga a la Unión Europea a adoptar una mentalidad de economía de guerra larvada.
La geopolítica rusa, marcada por una voluntad de revisión del orden de seguridad europeo, ha convertido al vecino oriental en un actor incómodo con el que la convivencia pacífica bajo los términos de la posguerra fría se revela imposible, o al menos, muy difícil (Borrell & Morillas, 2025).
El escenario actual exige que Europa redefina su relación con Moscú en un contexto de orfandad defensiva. La ESN-25 de Estados Unidos ha introducido un elemento de incertidumbre crítica al plantear la necesidad de terminar pronto con la guerra en Ucrania mediante negociaciones que podrían comprometer la integridad territorial del país, devolviendo al mismo tiempo la responsabilidad principal de la seguridad a los propios europeos (Márquez de la Rubia, 2025).
Esta postura transaccional de Washington deja a la UE ante el dilema de sostener un frente oriental costoso y peligroso sin la garantía de que el paraguas nuclear y logístico estadounidense permanezca abierto de forma incondicional. El escepticismo respecto a la constancia de Estados Unidos, una tradición antaño puramente francesa, se ha extendido ahora a las cancillerías de Berlín, Varsovia y los países bálticos (Ghilès, 2026).
La gestión de este frente oriental requiere no solo el aumento del gasto militar, sino una visión estratégica que entienda que Rusia no es un socio difícil, sino un adversario sistémico que utiliza la energía, la desinformación y las presiones migratorias como armas de desestabilización. La autonomía estratégica en este bloque se traduce en la capacidad de los estados europeos para construir una disuasión creíble por sí mismos, lo que implica una integración industrial de defensa que supere los intereses nacionales atomizados.
Sin una respuesta colectiva y una inversión masiva en tecnología militar propia, Europa corre el riesgo de verse arrastrada a un escenario de esferas de influencia donde su seguridad sea negociada entre Washington y Moscú sin su participación directa (Borrell & Morillas, 2025).
- La brutalización del orden internacional se manifiesta en la voluntad rusa de imponer fronteras mediante la fuerza bruta, ignorando los tratados de seguridad vigentes.
- La Unión Europea debe prepararse para una disuasión de largo plazo, aceptando que la estabilidad en el flanco este será precaria durante décadas.
- La soberanía nacional de los estados miembros se ve amenazada si no logran consolidar un sistema de defensa europeo que sea operativo e independiente de la voluntad política cambiante de la administración norteamericana (Morillas, 2026).
En definitiva, el frente oriental es la prueba de fuego para la supervivencia del proyecto europeo. La incapacidad de coordinar una estrategia geopolítica común frente a Rusia puede arrastrar a una situación crónica de extrema vulnerabilidad, en la que actores externos aprovechen para fracturar la cohesión del Mercado Único. El éxito de la UE dependerá de su capacidad para mantenerse firme ante las amenazas de terceros y construir una coalición de potencias medias capaces de resistir las presiones de un orden mundial que ha dejado de ser cooperativo para volverse puramente coercitivo.
Geopolítica de las Vulnerabilidades: Flujos migratorios, Resiliencia social y Diversificación comercial
La arquitectura de la autonomía estratégica europea no puede limitarse al área de seguridad y defensa, sino que debe abordar de manera integral las dependencias críticas que actúan como cuellos de botella en la economía y la sociedad del continente, entendidas todas ellas como bloques dinámicos. En este escenario, la geopolítica de los flujos (energéticos, humanos y comerciales) se convierte en el principal campo de batalla de la seguridad económica.
Esta fragilidad del orden internacional obliga a la Unión Europea a gestionar simultáneamente la vulnerabilidad de sus suministros energéticos, la presión de los movimientos migratorios instrumentalizados y la necesidad imperiosa de diversificar sus alianzas para evitar quedar asfixiada en la competición bipolar entre Estados Unidos y China. Este bloque explora la dimensión material del proyecto de soberanía, donde las arterias de la Unión se vuelven el objetivo de la presión externa (Kalantzakos, 2025).
En energía, la vulnerabilidad europea ha evolucionado desde una crisis de suministro de gas hacia una disputa estratégica por los minerales críticos esenciales para la transición verde. El control de la cadena de valor de estas materias primas, concentrado en gran medida por potencias extracomunitarias, representa un riesgo de asfixia que compromete la viabilidad de la industria europea y su capacidad de innovación. Los lazos de interdependencia se han convertido en armas políticas, donde los proveedores situados en zonas tensionadas del Sur y el Sureste pueden utilizar el flujo energético como vector de presión geopolítica (Kalantzakos, 2025).
Frente a esto, la resiliencia energética exige una inversión masiva en infraestructuras propias y un rediseño de la diplomacia climática que asegure el acceso a recursos estratégicos sin comprometer la soberanía nacional frente a terceros. La dependencia excesiva de aliados que la ESN-25 define como inestables o puramente transaccionales obliga a Europa a buscar una seguridad energética que nazca de la diversificación y no de la lealtad política coyuntural (European Commission, 2025).
En paralelo, la Unión Europea se percibe como una fortaleza cercada ante el aumento de los flujos migratorios provocados por los conflictos en su vecindario inmediato. El análisis de las rutas migratorias terrestres y mediterráneas revela que este fenómeno no solo se debe a cuestiones relacionadas sobre las crisis humanitarias, sino que está siendo utilizado por actores hostiles como una herramienta de desestabilización política, un concepto conocido como la instrumentalización de la migración.
Esta táctica busca saturar las capacidades administrativas de los Estados miembros y alimentar la polarización interna, socavando la cohesión social necesaria para sostener proyectos de largo plazo. La resiliencia social es aquí fundamental para evitar que la presión exterior deconstruya las instituciones democráticas europeas desde dentro. La respuesta ante este desafío requiere una gestión unificada de las fronteras que combine la seguridad con la eficacia administrativa, protegiendo el corazón del sistema democrático de las injerencias externas que buscan debilitar la unidad de acción europea (Parlamento Europeo, 2025; Sánchez, 2025).

Fuente: Reuters
La resiliencia social, entendida dentro del marco Resilience 2.0, implica que la sociedad sea capaz de absorber choques externos sin que su tejido democrático se fracture. Los movimientos migratorios, en algunos casos, se convierten en vectores de una guerra híbrida donde el objetivo no es la conquista territorial, sino la parálisis institucional del adversario. Por ello, la autonomía estratégica propone que Europa desarrolle mecanismos de respuesta que no solo protejan sus fronteras físicas, sino que blinden su debate público frente a la desinformación que a menudo acompaña a estos flujos.
Finalmente, la diversificación comercial se presenta como el búfer indispensable para navegar la incertidumbre. El giro hacia el Sur Global, materializado en el impulso al acuerdo con Mercosur y el Tratado de Libre Comercio con la India a principios de febrero, representa el intento de la Unión Europea por consolidarse como un tercer polo comercial autónomo. Estos acuerdos no sólo ofrecen acceso a mercados masivos y recursos críticos como el litio, sino que funcionan como una plataforma estratégica para mitigar la dependencia excesiva de potencias que condicionan su apoyo a la sumisión política.
La asociación con la India, en particular, ofrece a Europa una alternativa de escala frente a la dualidad China-EE. UU., permitiendo a la Unión participar en el dinamismo del Indo-Pacífico sin quedar atrapada en la confrontación militar directa. Aunque persisten debilidades estructurales, como el proteccionismo agrícola o las disputas por patentes, la integración transatlántica profunda con América Latina y la alianza con la India son las únicas válvulas de escape para que Europa mantenga su capacidad de decidir su propio destino comercial (Berganza et al., 2025; Real Instituto Elcano, 2025).
- La seguridad de los suministros críticos es hoy una dimensión inseparable de la autonomía estratégica y la defensa del Mercado Único frente a la asfixia externa.
- La instrumentalización de los flujos migratorios exige una resiliencia interna que proteja la cohesión social de la polarización inducida por actores hostiles (European Commission, 2025).
- La diversificación de alianzas con el Sur Global, mediante acuerdos con Mercosur e India, permite a la Unión Europea actuar como un actor geopolítico balanceador, reduciendo su vulnerabilidad ante las presiones de Washington y Pekín (Rekowski, 2025).
- La gestión de la energía y los flujos humanos debe integrarse en una estrategia de seguridad nacional que entienda que la vulnerabilidad social es tan peligrosa como la militar para la supervivencia del proyecto europeo.
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¿Qué debemos esperar de la UE para los próximos años?
El cambio abrupto dentro del tablero internacional debe actuar como una constatación de grandes debilidades estructurales en el seno de la Unión Europea que, esta vez, actúen como catalizador hacia una ambiciosa y resiliente estrategia internacional conjunta. A lo largo de este informe, se ha evidenciado que este enfoque de mera protección, o incluso pasividad, frente a amenazas externas resulta insuficiente en un entorno de brutalización sistémica.
Europa debe dejar de concebirse como un actor que simplemente intenta preservar lo establecido para empezar a actuar como un sujeto que busca reinventarse y ser un actor relevante dentro de una violenta lucha hegemónica entre dos superpotencias. Esta reinvención implica asumir que la autonomía estratégica no es un fin en sí mismo, sino el medio para garantizar que el proyecto europeo siga siendo una opción viable y soberana frente a la hegemonía transaccional de Estados Unidos y la pujanza de China.
Sin embargo, esta transformación hacia la soberanía integral no podrá materializarse si no va acompañada de una estabilización social profunda. La resiliencia institucional es estéril si el tejido ciudadano se encuentra fracturado por la polarización y la desconfianza hacia las instituciones. Por tanto, el control de la polarización inducida y el fortalecimiento del contrato social interno deben considerarse la quinta pata de la autonomía estratégica, atravesando transversalmente la defensa, la energía, la tecnología y el comercio.
Solo si la ciudadanía recupera la creencia de que el empuje europeo es el eje de su prosperidad futura y de su seguridad vital, las reformas estructurales propuestas por figuras como Draghi o Letta tendrán el apoyo necesario para resistir las embestidas de un orden mundial fragmentado.
En definitiva, el horizonte de 2026 exige una Europa que pase del aturdimiento y la inacción política a la acción planificada. La soberanía europea debe ser el resultado de una síntesis entre dinamismo sectorial, aumento de las capacidades en sectores vulnerables y un blindaje social que apueste por la democracia y los Estados de Bienestar como garantes de la prosperidad social.
Reinventar la democracia europea significa blindarla frente a las interferencias externas y corregir las fallas sistémicas que alimentan el autoritarismo. La autonomía estratégica es, en última instancia, la capacidad de decidir nuestro propio destino, asegurando que Europa no sea solo un escenario donde se disputan intereses ajenos, sino una potencia con voz propia capaz de liderar desde la resiliencia y la prosperidad compartida.
Referencias
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