El nuevo DES-orden mundial en 2026. ¿Es el inicio del multipolarismo?

El año 2026 ha comenzado como la constatación de la ruptura del orden liberal basado en reglas de las relaciones internacionales, comenzado desde la caída del muro de Berlín y erosionado poco a poco con el ascenso de China como gran rival hegemónico de los Estados Unidos, la globalización, las dinámicas tardocapitalistas, el crecimiento exponencial del progreso tecnológico y la revolución digital. Si la posguerra fría se caracterizó por la ilusión de un Orden Liberal Internacional (un sistema basado en reglas compartidas, instituciones multilaterales y la promoción de la democracia), el presente se podría definir por lo que los analistas denominan la brutalización del orden internacional (Borrell & Morillas, 2025). Esta brutalización no solo se caracteriza por un aumento de la violencia física, sino por una degradación del compromiso político con el derecho internacional y la diplomacia tradicional, en busca de un consecución de objetivos nacionales en base a una correlación de fuerzas.

El epicentro de este terremoto doctrinal se encuentra en la Estrategia de Seguridad Nacional (ESN) 2025 de los Estados Unidos. Este documento representa una ruptura explícita con el enfoque globalista e intervencionista que regía desde los años noventa. Washington ha abandonado la pretensión de ser el arquitecto moral del mundo para abrazar un Realismo Geopolítico (doctrina que prioriza el poder del Estado y sus intereses vitales por encima de cualquier norma o institución supranacional). Para la administración estadounidense, en manos del presidente Trump, el éxito de las estrategias previas fue nulo al basarse en listas de deseos sin prioridades claras; ahora, el objetivo es la protección de lo que denominan el «mundo americano».

Esta transformación nos sitúa en un escenario de Hegemonía Quebrada (Ruíz, 2025). En esta tesis, el mundo transita hacia un tablero donde China desafía frontalmente la primacía de un EE. UU. que ha optado por el repliegue estratégico y el proteccionismo. Ya no operamos bajo la lógica de la cooperación, sino bajo la ley del más fuerte, una dinámica que evoca la clásica Trampa de Tucídides, donde la desconfianza mutua entre la potencia establecida y la emergente hace que cualquier roce, como los aranceles o la competición tecnológica, sea visto como un acto de agresión existencial.

En este contexto, la paz ha dejado de ser un valor normativo para convertirse en un activo transaccional. Lo que observamos al inicio de este ciclo es una aceleración de la fragmentación geoeconómica, donde la seguridad nacional dicta el ritmo del comercio. El orden basado en reglas ha muerto, o al menos se plantea una crisis vital, y en su lugar emerge un sistema de bloques competitivos donde la impunidad del intervencionismo militar vuelve a ser una herramienta legítima de política exterior, como se verá más adelante en el análisis de la crisis venezolana.

El «Homeland» Americano: La Geografía del Repliegue y la Identidad

La transición del orden liberal al realismo transaccional no es algo nuevo. Durante el siglo XX, el pensamiento estratégico estadounidense estuvo obsesionado con el control del Heartland eurasiano, el corazón continental cuya dominación, según la clásica tesis de Mackinder, garantizaba el control del mundo (Santasusagna, 2024). Sin embargo, la Estrategia de Seguridad Nacional (ESN) 2025 marca un giro en 360 grados: el abandono de la proyección exterior expansiva para centrarse en la fortificación del Homeland.

Este concepto de Homeland (patria o hogar) adquiere una concepción propia para interpretar el sentir político americano. La seguridad nacional para la administración Trump ya no se define por la estabilidad de aliados remotos, sino por la integridad del mundo americano, con sus valores e identidades características (Marquez de la Rubia, 2025). Esta visión sostiene que la seguridad empieza (y casi termina) en casa, subordinando toda acción exterior a la cohesión social, la soberanía industrial (una reindustrialización y mayor autonomía) y, de manera inédita en documentos previos, la protección de la identidad cultural occidental. Se trata de una geopolítica que reescribe el espacio global no como un tablero de cooperación, sino como un mapa de amenazas (Ó Tuathail , 1996) que deben ser contenidas antes de que toquen suelo estadounidense.

En la praxis de 2026, estos tres ejes dictan la agenda exterior:

  • Inmigración como Amenaza Existencial: La frontera sur es considerada la primera línea de defensa civilizacional. El control de los flujos migratorios se ha convertido en la condición sine qua non para cualquier relación diplomática con el Hemisferio Occidental.
  • Crimen Transnacional y Soberanía: El combate a las redes criminales y al tráfico de fentanilo (justificandolo como narcoterrorismo) justifica una postura de intervención directa, rompiendo con el respeto tradicional a la soberanía de terceros países si estos no garantizan la seguridad del hogar americano.
  • Independencia Energética e Industrial: El «nacional-industrialismo estratégico» busca recuperar la autonomía total, viendo la dependencia de cadenas de suministro globales como una vulnerabilidad inaceptable.

Este enfoque se ha cristalizado en el llamado «Corolario Trump» a la Doctrina Monroe. Al igual que en el siglo XIX, Estados Unidos vuelve a declarar el continente americano como su zona de influencia exclusiva, pero con un matiz agresivo: no se tolerará la presencia de potencias rivales como China o Rusia en lo que consideran su «patio trasero». La intervención en Venezuela a principios de enero de 2026 ha sido la primera advertencia y la aplicación práctica de esta doctrina: una operación quirúrgica destinada a asegurar recursos energéticos y eliminar un foco de inestabilidad que afectaba directamente al Homeland.

En definitiva, el 2026 nos presenta a un Estados Unidos que ha decidido que su mejor defensa es un buen muro (físico, arancelario y doctrinal). La política exterior se ha vuelto instrumental y defensiva; Washington ya no busca modelar el mundo a su imagen, sino asegurarse de que el desorden del mundo no contamine la estabilidad de su «hogar». Como sugiere la tesis de la Hegemonía Quebrada (Ruiz, 2025), este repliegue deja un vacío de poder que otros actores intentarán llenar, pero bajo el riesgo de encontrarse con una potencia que, aunque se retire, mantiene su capacidad de golpear con una contundencia sin precedentes cuando siente que su perímetro de seguridad es desafiado.

Hegemonía Quebrada y el «Cisne Negro» de Caracas

En este nuevo escenario, la primacía de los Estados Unidos ya no se sustenta en la arquitectura institucional creada tras 1945, sino en su capacidad de imponer costes y asegurar su autonomía estratégica frente a un rival sistémico que ya no oculta sus ambiciones: China. La rivalidad entre Washington y Pekín ha dejado de ser una mera disputa comercial para convertirse en una lucha existencial por el control de los estándares tecnológicos, las rutas de suministro y, fundamentalmente, las áreas de influencia regional.

Esta fractura geopolítica ha encontrado su manifestación más cruda en el llamado «Cisne Negro» de 2026: la intervención militar en Venezuela ejecutada el 3 de enero. Esta operación representa la primera aplicación práctica del realismo de esferas de influencia que impregna la ESN-2025. Al intervenir directamente en lo que Washington denomina su «perímetro de seguridad», la administración Trump no solo ha buscado asegurar el acceso a recursos energéticos críticos en un mercado global fragmentado, sino enviar un mensaje nítido a Pekín y Moscú: la permisividad de las décadas anteriores hacia la intrusión de potencias rivales en el hemisferio occidental ha terminado. A su vez, este cálculo de incentivos/desincentivos a la agresión, pone en una posición de máxima presión al régimen cubano y a Guatemala, principales aliados regionales de Venezuela, y avisa a las principales economías con enfoques más socialistas (México, Colombia y Brasil) que los Estados Unidos están dispuestos a usar la fuerza si América del Sur amenaza su identidad cultural.

Sin embargo, el impacto de este choque no se limita al terreno militar. La fragmentación geoeconómica es el otro gran motor de este desorden. El sistema comercial mundial se enfrenta a un cambio histórico donde la interdependencia, antes vista como una garantía de paz, ha sido «convertida en un arma» (Manak, 2026). En 2026, la seguridad nacional dicta el ritmo de los aranceles y la tecnología. La respuesta de China ante la intervención en el Caribe (acelerando la creación de bloques comerciales alternativos y reforzando su control sobre minerales críticos) dibuja un mundo dividido en compartimentos estancos. Ya no operamos en una globalización con amplia interdependencia, sino en un sistema de bloques competitivos donde el poder duro (militar y económico) ha desplazado definitivamente al poder blando de la diplomacia cultural e institucional.

En este tablero, la Unión Europea y el resto de potencias medias se ven obligadas a navegar en una «geopolítica de la necesidad». La intervención en Venezuela y la agresividad comercial de la ESN-2025 han evidencia la necesidad de diversificar las opciones y dar rienda a acuerdos que se consideraban paralizados y estratégicos, como el tratado UE-Mercosur o el Tratado de Libre Comercio con la India, evidenciando que en un mundo de hegemonía quebrada, el espacio para la neutralidad es cada vez más estrecho. La ley del más fuerte (Ruiz, 2025) se impone como la única gramática válida en un 2026 que ha decidido sacrificar la estabilidad de las reglas por la certeza de la fuerza.

¿Hacia qué orden internacional nos movemos?

La pregunta esencial no es si el orden antiguo ha muerto, sino qué estructura está emergiendo de sus cenizas. Para muchos observadores, el término multipolarismo (un sistema donde el poder se distribuye entre tres o más estados con capacidades similares) se ha convertido en una etiqueta cómoda pero imprecisa para describir un mundo que, en realidad, se está fracturando en bloques de influencia excluyentes. Mientras que la retórica de las potencias emergentes celebra el fin de la unipolaridad estadounidense, la práctica política sugiere que no nos dirigimos hacia un concierto de naciones armónico, sino hacia una era de neo-bipolaridad transaccional entre Washington y Pekín.

La visión del mundo que proyectan los Estados Unidos a través de su ESN-2025 no es, bajo ningún concepto, una invitación al multipolarismo cooperativo. Por el contrario, es una reafirmación del Realismo Geopolítico, una escuela de pensamiento en las Relaciones Internacionales que asume que el sistema internacional es inherentemente anárquico y que los Estados deben priorizar su propia supervivencia y seguridad por encima de cualquier consideración moral o legal. En esta visión, el mundo no se entiende como una comunidad global, sino como un tablero donde la paz solo es posible mediante el equilibrio de poder o la clara delimitación de esferas de influencia.

Para comprender la profundidad de este cambio, es necesario diseccionar la fractura entre las dos grandes teorías que han moldeado el siglo XXI:

  • Liberalismo Institucional (en crisis): Esta doctrina, predominante desde 1990 hasta la década de 2020, sostenía que la interdependencia económica y las instituciones multilaterales (como la ONU o la OMC) podrían mitigar el conflicto. El lema era que «los países que comercian entre sí no van a la guerra». Sin embargo, esta premisa ha colapsado (Manak, 2026) al comprobarse que la interdependencia no ha suavizado las ambiciones de las potencias, sino que ha proporcionado nuevas armas para la coacción económica.
  • Realismo Político (en ascenso): A diferencia del liberalismo, el realismo considera que las instituciones son solo herramientas de las grandes potencias y que el derecho internacional es papel mojado si no está respaldado por una correlación de fuerzas favorable. La ESN-2025 no busca gestionar el mundo con otros, sino asegurar que el mundo americano permanezca impermeable a las crisis externas.

EE. UU. ya no tiene el interés ni la capacidad de ser el policía global, lo que ha generado un vacío que otros actores intentan llenar de manera desordenada. Sin embargo, no estamos ante un mundo de muchos polos iguales, sino ante un escenario donde la fragmentación geoeconómica obliga a los países medianos a elegir bando. El supuesto multipolarismo es, en la práctica, una fachada para una competencia bipolar donde la neutralidad se castiga con aranceles o exclusión tecnológica.

La visión estadounidense actual es nítida: prefieren un mundo fragmentado pero controlado en su periferia inmediata (el Homeland y su vecindad), antes que un orden global donde las reglas les obliguen a ceder soberanía y a pactos donde ya no están seguros de tener la ventaja negociadora. Esta «geometría variable» de las relaciones internacionales (CIDOB, 2025) indica que el 2026 no será el año de la multipolaridad democrática, sino el del inicio de una larga y gélida competición de bloques, donde la brutalización del orden (Borrell & Morillas, 2026) ha sustituido definitivamente al diálogo institucional. El realismo ha ganado la batalla de las ideas, y ahora el mundo debe aprender a sobrevivir en su fría gramática del poder.

Conclusiones: ¿esto en qué afecta a la UE y España?

El análisis prospectivo de los centros de pensamiento en España ofrece una visión descarnada sobre la posición de la Unión Europea y el orden internacional en este nuevo ciclo. Para Borrell y Morillas (2026), el mundo ha dejado atrás la ambigüedad de la posguerra fría para entrar en una fase de brutalización del orden internacional. Este fenómeno se traduce en una realidad donde el derecho ya no es un límite al poder, sino un obstáculo que las grandes potencias deciden ignorar cuando sus intereses vitales están en juego. La intervención en Venezuela y el repliegue estadounidense hacia el Homeland son, en este sentido, síntomas de una enfermedad estructural: la pérdida de confianza en el multilateralismo como herramienta de resolución de conflictos.

España y sus socios europeos se enfrentan a un dilema existencial. La ley del más fuerte se impone en un tablero donde la interdependencia económica, antes considerada un seguro de paz, se ha transformado en una vulnerabilidad estratégica. Para la Unión Europea, esto implica la necesidad urgente de desarrollar una autonomía estratégica (económica, militar y energética) real que no dependa exclusivamente del paraguas de seguridad estadounidense, especialmente bajo una administración que prioriza el realismo transaccional frente a las alianzas históricas (Márquez de la Rubia, 2025).

La síntesis de lo ocurrido en este comienzo 2026 nos permite extraer tres conclusiones preliminares:

  1. El fin de la exportación democrática: Estados Unidos ha renunciado a su papel de arquitecto moral. La ESN-2025 deja claro que Washington solo intervendrá cuando su seguridad interior o sus recursos críticos se vean amenazados, abandonando la retórica de la promoción de la democracia que definió las décadas anteriores o a su predecesor en la ESN-22.
  2. La fragmentación de los bloques: El supuesto multipolarismo es, en realidad, una bipolaridad rígida y fragmentada. El comercio y la tecnología ya no son puentes, sino muros que delimitan esferas de influencia competitivas entre el eje occidental y el bloque sino-ruso.
  3. La soberanía como poder duro: La intervención militar vuelve a ser una herramienta legítima de política exterior. El respeto a la integridad territorial ha pasado a ser condicional, dependiendo de la capacidad de los estados para alinearse con los intereses de las potencias hegemónicas.

Este desorden mundial puede ser el comienzo de la nueva gramática del poder. La transición hacia el 2027 vendrá marcada por la capacidad de los actores medianos para encontrar espacios de maniobra en un sistema que ha sustituido la cooperación por la fuerza. A continuación, para aterrizar estas dinámicas en el tiempo, señalamos un timeline de los principales eventos que marcar en la agenda.

Los eventos de este 2026 que debes marcar en la agenda

Elaboración propia. Fuente: CIDOB

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Referencias